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Los coches

En una casa con niñas es probable que encontremos algún cochecito. Pero en una con
niños será muy dificil no tropezar en cada esquina con ellos. La mía está llena de las dos
cosas: coches y niños. De madera o de plástico, grande o diminuto, el coche es omnipresente. Coches sobre la alfombra formando atascos o aparcados en rincones de la casa, en los bolsillos de abrigos, entre las sábanas, fl otando en el baño y en mi bolso: siempre aparece uno cuando busco con prisas el móvil. Cada hermano ha ido pasando su herencia automovilística al siguiente.
Hasta que un buen día dejan de jugar con ellos. Dice M. Haddon, en su libro The Red House, que las rodillas de los niños llevan dibujado en los moratones y costras el mapa de lo más importante de su día a día, y por eso las muestran a menudo: son sus credenciales. Crecer es olvidarse de las rodillas, dice Haddon. Y de los coches, podría añadir yo. Porque, aunque algunos adultos atesoran cochecitos adornando sus hogares, para la mayoría de los niños quedan cada vez más lejos, aparcados en rincones inaccesibles o escondidos bajo la cama. Hasta que el hij o de unos amigos lo descubre en el horizonte mientras gatea, lo agarra, lo chupa y empieza de nuevo su ciclo vital.

Icíar Bollaín